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Artículo de opinión de Juan Laborda, técnico de desarrollo local de CERAI.

Durante las últimas décadas, y en paralelo al envejecimiento del sector productor, se ha dado un descenso progresivo del número total de explotaciones –es decir, granjas o fincas agrícolas– agrarias. Sin embargo, este descenso en el número no va acompañado de un descenso de la superficie cultivada en España o del número de cabezas de ganado criadas. De hecho, el número de cabezas de cerdos y pollos se duplicó entre 1989 y 2009, a pesar de que el número de explotaciones ganaderas pasó de casi 15.000 a unas 7.500 en el mismo periodo. Es fácil de entender: hay menos fincas o granjas, pero estas tienen más hectáreas o animales. Hoy, para mantener esos números se necesitan la mitad de jornadas laborales.

Otro dato revelador es que la tendencia al descenso del número de explotaciones no es igual para todas: descienden aquellas cuya titularidad la ostentan personas físicas, pero aumenta el número de explotaciones que son titularidad de personas jurídicas. Dirán los expertos en economía y grandes números que todos estos indicadores reflejan la profesionalización del sector y que, por tanto, debemos estar orgullosos y vamos por el buen camino, pero son estos mismos individuos quienes, al menos hasta hace muy poco tiempo, tomaban el porcentaje del sector agrario sobre el PIB como un indicador de subdesarrollo; es decir, son los mismos que entienden que una mayor presencia de agricultura y ganadería en la economía de un país es un indicador de subdesarrollo.

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