CERAI

Pienso “criollo”, luego existo

Un cuento sobre la Cuba que usa la alegría y la esperanza como resistencia

“La experiencia de nuestro proyecto ‘Extender el uso de abonos verdes inoculados y el análisis de suelo para optimizar la productividad y fertilidad de fincas campesinas en Cuba’ -financiado por AECID- continúa. Y en estos 24 meses, todos los componentes de la naturaleza siguen conversando”, adelanta Curro Cacheira, técnico expatriado de CERAI en Cuba y autor de este pequeño cuento.

Son las tres de la mañana y, como de costumbre en los últimos años, Candela y Chama corren al cobertizo donde se encuentra la bomba para encenderla. Acaba de llegar la electricidad tras el corte del día anterior. Solo tienen dos horas para regar sus tierras: frijol, yuca, plátano, tomate, ajo y pimiento. El resto deberá esperar, según marca la Unión Eléctrica (UNE), que anuncia los apagones diarios o alumbrones, como los llama el pueblo cubano.

Chama: ¡Candela, corre! – grita a la oscuridad.

Candela: Espera hermano, que traigo un sorbito de café… 

Chama, ansioso prueba el café y frunce el ceño al recordar que el azúcar escasea. Candela asiente y piensa “es lo que hay”. 

Ambos se giran y miran hacia el sistema de riego que ha llegado con el proyecto de INCA (Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas)CERAI (Centro de estudios Rurales y de agricultura Internacional). Ahora el agua sube desde el pozo a borbotones y acciona el enrollador con una máquina de origen turco. 

Candela: ¿Tú te has fijado cómo eso se mueve solito? Y sin apenas combustible. Esto hay que comentarlo en la asamblea.  

Chama: Ni me lo nombres… Sin combustible tengo los tractores parados, no puedo arar ni llevar productos al mercado. Y los bueyes están agotados.

Candela le recuerda que nada es eterno y que cuentan con el apoyo mutuo.  

Mientras, en el subsuelo, los asistentes al banquete sienten el frescor de las gotas de agua. Las raíces de frijol, yuca, plátano, tomate y ajo son las predominantes. Se entremezclan las de pimiento, cebolla roja, piña, calabaza y col. El menú: exquisito. Raciones de nitrógeno a tutiplén, bol de ensaladas de fósforo, de primer plato potasio en salsa y platillos de biomasa.

Candela y Chama caminan pensativos en la oscuridad, no les gusta mucho el parloteo, ellos son de trabajar. Les acompañan los cocuyos (luciérnagas) y lo agradecen porque a la linternita ya le cacharrean las pilas y en el mercado no hay para reponerlas. 

Candela: La semana pasada, los del INCA hicieron los análisis de suelo en tu finca. ¿Cómo fue eso?

Chama: Na’, trajeron unos aparaticos y se llevaron muestras. Es gracioso ver cómo los científicos se ponen curiosos hasta con un milímetro de tierra. Dicen que nos van a compartir los resultados y que pronto podremos verlos en nuestro móvil. 

Candela: ¡Ah, sí! Luis y Gloria me comentaron. Dicen que pronto podremos ver también las recomendaciones, cantidad de nutrientes, cómo combinar cultivos…

Mientras, por allá abajo, a los pies de Candela y Chama, seguía el banquete. De pronto, cuando escucharon la palabra “resultados”, el plátano hizo un gesto para que bajaran la voz.

El pimiento, más verde de lo normal y con voz ardiente, gritó hacia la superficie: “¡Descaraos! Nos habéis analizado y ni siquiera nos habéis dado un papelito para firmar el consentimiento de uso y publicación de nuestros datos”.

De pronto, la col se puso muy seria y le dijo: “Mira, solanácea, no te quejes tanto, que ese verde tan fosforito no lo tienes por casualidad. Todo lo que están haciendo es por nuestro bien. Nos gusta vernos en sus mesas, siendo no solo saboreados, sino también nutritivos. Ya sabes que la cosa está muy mala ahí fuera y nosotros somos los que podemos mejorarla, sobre todo alimentando a todo el mundo.

Así que deja de protestar, que esos manjares de abonos verdes, bioinsumos y bioproductos antes casi ni los probabas. Antes nos estaban llenando los poros de una cosa sintética que se nos quedaba pegada hasta en nuestras mejores vestiduras; sin decir que, cuando nos disgustaba, sabíamos a rayo o a nada”.

Candela: Ya dan las cuatro.

Chama: Tengo que ir al banco y solo me darán 4.000 pesos. No sé cómo haré para pagar a diez empleados.

Candela: Compensa con productos. Yo dejo que recojan de mi parcela.

Chama: ¡Buena idea! ¡Ah! Hablando como los locos, ¿te recuperaste del robo que te hicieron el mes pasado? Eso crece y crece y crece cada vez más como la mala yerba. 

Candela: Na’, tuve que contratar a dos vigilantes, pero ya sabes, no se le pueden poner cercas al campo. Eso me tiene preocupada porque no sólo roban, también pisotean o maltratan la producción y, a veces, la cogen con los animalitos. Y encima, ahora los chamacos se me van. Tú sabes que son buenos estudiantes y han conseguido unas becas. Yo no sé donde se meten esos muchachitos pa’ encontrar esas cosas. La niña se me va para España y el niño para Uruguay. Y yo que pensaba que heredarían este trabajo de tantos años… 

Chama: Pues sí, a los hijos se les extraña, pero tienen que volar. Nuestros padres lo hicieron desde Manzanillo y ahora ellos lo harán desde Madruga. Así es la vida, todos nos movemos constantemente. 

Candela: Sí, tienes razón, pero nos estamos quedando sin jóvenes y eso sí que es un problemón pa’ la tierra. ¿Quién va a trabajar todo esto cuando estemos cañengos?

Ambos se miraron y, por un momento, echaron de menos su juventud. ¿Qué habrían hecho? No se sabe, los tiempos cambian. Pero sí, algo tenemos que hacer para que esa juventud también quiera quedarse —dijeron casi a la par.

Candela: Oye, ¿qué estás utilizando para los ajos? Veo que despuntan verdecitos como gotas de esperanza. 

Chama: Pues todo por una de las visitas de los de INCA y CERAI, en la que nos trajeron a Mariano. Este agricultor nos explicaba que no podemos dejar el suelo en barbecho los dos meses, sino que hay que mimarlo y alimentarlo. Y para eso está buena la siembra de abonos verdes o añadir abonos orgánicos. Yo estoy usando canavalia y sorgo, y también humus de lombriz, pero tenemos que probar más con las otras opciones que nos han enseñado en los talleres. Además, no es complicado y los abonos orgánicos los podemos elaborar en la propia finca. 

Por allá abajo, una calabaza con una camiseta tan anaranjada que se parecía a la selección holandesa de los 80, oyó lo de humus de lombriz y gritó: “El menú está bueno, Chama, pero me has tenido comiendo lo mismo durante dos meses, tienes que variar la dieta para equilibrarnos, ¿no crees?

Todos asintieron, pero ya estaban preocupados por Cronos, sólo les quedaba una hora de agua. Así que se puso en fila el contingente de emergencias y sacaron los cubos para tener algo de reserva… hasta el día siguiente, quizás. 

Llegan las cinco y el ruido de la bomba se detiene. Las últimas gotas caen mientras, bajo la tierra, alguien entona el bolero “Lágrimas negras”. Raíces y cultivos bailan entre la tristeza y la añoranza, pero también con alegría y esperanza renovada. Desde abajo envían su energía a Candela y Chama que se despiden compartiendo una de esas sonrisas tan cubanas que parecen una fila interminable de coches todos blancos. 

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